Nuestro origen alienígena

Algunas personas afirman que el contacto con extraterrestres no es ninguna novedad. En realidad, según el escritor estadounidense Zecharia Sitchin, seres de un planeta remoto han influido en el desarrollo humano desde tiempos inmemoriales. Sitchin se apoya en los relatos épicos de los sumerios, fundadores de la primera civilización avanzada del mundo 5.500 años atrás, en lo que hoy se conoce por Oriente Medio.

Zecharia Sitchin (1920-2010)Otros estudiosos consideran puro mito las epopeyas sumerias. En caso de que hayan escuchado la interpretación de Sitchin, que toma literalmente los escritos para luego ampliarlos, hacen caso omiso de ella. Aun así, este estudioso de la Biblia y lingüista es una de las doscientas personas capaces de descifrar y leer la lengua sumeria primitiva.

Antigua SumeriaEste erudito es autor de numerosos libros que mantienen esta teoría. En el primero, El duodécimo planeta, explica que alienígenas muy avanzados dieron existencia a la raza humana unos 300.000 años atrás. Algunos milenios más tarde, en la antigua Sumeria (punto rojo en la fotografía satélite de la Tierra), transmitieron el don de la civilización. Su radical teoría acerca de los encuentros alienígenas más trascendentales se examina a continuación…

Visitantes que instruyeron en el arte de la civilización
Los antiguos sumerios, afirma Sitchin, llamaron anunnaki a los alienígenas, o “aquellos que del Cielo llegaron a la Tierra”. Veneraban como dioses a los visitantes, de los que los sumerios aprendieron su manera de vivir.

Las tribus anteriores a esta civilización eran primitivas, y sus sociedades avanzaron poco más allá de la doma de animales y la técnica de los cultivos básicos, se valieron de útiles de piedra de escasa sofisticación y fabricaron cacharros de barro. Con la aparición de los sumerios al sur de Mesopotamia (actual Irak) a mediados del cuarto milenio a. C., el sistema de vida cambió drásticamente. La humanidad progresó con brusquedad.

Un rey asirio venera los emblemas de los principales dioses sumerios en este grabado de piedraNo se conoce con seguridad el origen de los sumerios, porque no hay rastros de antecedentes en su lengua y su cultura, pero realizaron proezas que ningún ser humano había hecho antes. Regaron sus cultivos, construyeron imponentes estructuras, idearon una compleja creencia religiosa, practicaron la ley y la medicina y utilizaron el lenguaje escrito. Los estudiosos califican de “sorprendente” y “extraordinaria” la irrupción de esta civilización. Para Sitchin, sin embargo, es perfectamente comprensible.

Sostiene que los sumerios fueron capaces de sobrepasar el lento rastro de la evolución social y dar un paso de gigante gracias a la guía de los anunnaki. Según su interpretación de los textos antiguos, la sabiduría “descendió del Cielo a la Tierra” a través de los alienígenas alrededor del año 3760 a. C. Esta dádiva de conocimiento abarcó desde la prescripción médica hasta las “ciencias terrestres” y el cálculo numérico. Al mismo tiempo, los dioses, como los consideraban los terrestres, legaron la tradición de la monarquía en Sumeria y les enseñaron a crear una sociedad organizada basada en el concepto de justicia universal.

(figura de barro) Los textos mencionan seres parecidos a androides que actuaban como portavoces de los diosesLos anunnaki también revelaron los secretos de la astronomía. Sitchin afirma que los antiguos llegaron a comprender el sistema solar con más precisión que muchas generaciones posteriores de astrónomos. Por ejemplo, sabían que la Tierra es esférica en lugar de plana y que el Sol, y no la Tierra, es el centro del sistema solar, realidades que la astronomía occidental eludió hasta el Renacimiento.

Además, los sumerios tenían conciencia de todos los planetas de nuestro sistema que se conocen hoy en día, incluso los de más reciente descubrimiento, visibles únicamente con los potentes telescopios modernos.

Escribieron también acerca de un planeta que los astrónomos de la actualidad no han localizado aún. Se llamaba Nibiru, remoto hogar de los anunnaki, cuya órbita alrededor del Sol requiere de 3.600 años terrestres en una enorme elipse excéntrica.

Así, mientras los astrónomos de la actualidad conocen ocho planetas en el sistema solar, los sumerios concebían un total de doce, incluyendo el Sol, Plutón, la luna terrestre y Nibiru. Aunque los telescopios modernos aún no han detectado ningún planeta pasado Neptuno -y teniendo en cuenta que Plutón ha perdido tal categoría-, muchos científicos creen que más allá existe otro: Se sabe que tanto Urano como Neptuno se apartan de sus órbitas previsibles, tal vez a causa de la atracción gravitacional de un gran pero elusivo e hipotético planeta X.

Ishtar, diosa anunnaki en un fragmento de una escultura mural que en un tiempo decoró un templo asirioSumeria floreció durante 1.500 años y subyugó políticamente durante un siglo y medio a sus vecinos del norte, los acadios. Pero en el 2000 a. C., unos encarnizados invasores llamados amoritas y elamitas apagaron los rescoldos de su imperio, que se convirtió en una nación entre tantas. La cultura, la política y los logros sociales, no obstante, pervivieron para enriquecimiento de sucesivas civilizaciones como Babilonia y Asiria, entre cuyas obras se preservó para la posteridad la herencia sumeria. En realidad, las narraciones sumerias inspiraron la totalidad de la mitología occidental e incluso, afirman algunos, los primeros capítulos del Libro del Génesis de la Biblia.

Una guerra de planetas que cambió el cielo
Cuando en las alturas no se había puesto nombre al Cielo,
Y abajo, no se había llamado a la Tierra;
Nada, excepto el primordial Apsu -su creador-,
Mummu y Tiamat -la que a todos alumbró-;
Sus aguas entremezclaron.

Ningún junco se había formado, ninguna ciénaga aparecido.
No se había dado vida a ningún dios,
Ninguno tenía nombre, sus destinos no estaban determinados;
Entonces ocurrió que en su centro los dioses se crearon.

Así comienza la Épica de la Creación babilónica, que se remonta a 4.000 años de antigüedad: Sitchin escribió que estas líneas, que un devoto de la tradición sumeria inscribió en tablas de arcilla, “nos sitúan frente a un escenario desierto, y con audacia y dramatismo alzan el telón para descubrir la más fantástica aparición jamás mostrada: la creación de nuestro sistema solar”.

En una controvertida interpretación de la épica, Sitchin pretende revelar la verdad sobre la creación del sistema solar. Para él, las divinidades de la epopeya son planetas, y la historia de sus luchas puede entenderse como representación de una historia cosmológica verosímil.

Épica de la Creación según la versión de SitchinEn los inicios, afirma, existían tres cuerpos celestes en nuestro sistema solar: Apsu, Mummu y Tiamat (1, 2 y 5, respectivamente en la ilustración que se acompaña). Apsu era el Padre Primitivo, el Sol, y Mummu su acólito fiel, el planeta Mercurio. Tiamat era la Madre Diosa, y ella y Apsu se dice que engendraron los planetas que conocemos como Venus, Marte, Júpiter y Saturno (3, 4, 7 y 8, respectivamente). Los textos no explican cómo Júpiter y Saturno crearon Urano (10), que originó un gemelo, Neptuno (11). Saturno engendró a Plutón (9) para que fuera su satélite.

Pronto, los nuevos dioses-planeta comenzaron a invadir la órbita de Tiamat, de modo que el Sol y Mercurio tramaron un plan para librar al universo de los jóvenes problemáticos. Su conjura fue descubierta, sin embargo, y Neptuno se adelantó y asestó un golpe “para de esta manera diseminar el sueño sobre el Sol”. Sitchin interpreta que esto puede significar que Neptuno, quizá emitiendo una fuerza radiactiva contra el Sol, lo dejó estéril al provocar en él un paro en la producción de la materia prima a partir de la cual se formaban nuevos planetas.

Las divinidades sumaban un total de doce, una para cada planetaDe súbito, de las indescifrables extensiones del espacio, un nuevo dios-planeta, Nibiru (12), irrumpió en el sistema solar. Llegó todavía fundido, “arrojando llamas y emitiendo radiaciones”. Su presencia alteró la órbita de Tiamat y arrancó de su cuerpo nuevos seres celestes. Ella desafió el orden establecido e hizo rotar estas lunas nuevas a su alrededor. Especialmente ofensivo para sus adversarios era el más grande de los satélites y favorito de Tiamat, Kingu (6). Los jóvenes dioses clamaban venganza, pero se sabían demasiado débiles.

Épica de la Creación según la versión de SitchinSaturno percibió que Nibiru era suficientemente fuerte para castigar a la odiada diosa y le instigó a hacerlo. Este estuvo de acuerdo, con la condición de que el resto de planetas reconocieran su supremacía sobre ellos. Todos mostraron su conformidad y ajustaron sus propias órbitas a fin de situarle en la rotación adecuada para colisionar con Tiamat.

Armado de fuego, luz, y un reducido ejército de “vientos” -satélites, de acuerdo con la interpretación de Sitchin-, Nibiru se desplazó hacia el Planeta Madre. Cuando estuvo a su alcance, la “partió en dos” como un “mejillón”. Tiamat dejó de existir.

Todos sus satélites fueron condenados a vagar por las zonas remotas del universo, a excepción del antaño poderoso Kingu, que Nibiru convirtió en “una masa de arcilla sin vida”. A los detritus de la destrucción de Tiamat, entre ellos un gran fragmento que se transformó en la Tierra, pronto se les asignaron posiciones fijas en el sistema solar.

Finalmente, Nibiru confirmó su dominio sobre los otros planetas y los ubicó en sus órbitas actuales. Entonces, “cruzó los cielos y supervisó” su obra. El sistema solar se había completado.

El secreto de los planetas gemelos
Según Sitchin, los textos sumerios de cinco mil años de antigüedad se referían a Urano, el “planeta que es el doble” de Neptuno. Hasta la década de los 80, cuando la información del Voyager 2 reveló que ambos tenían un tono azul verdoso y que su diámetro difería sólo en algo menos de mil quinientos kilómetros, los científicos modernos no declararon que Urano es “prácticamente gemelo” de Neptuno. Sitchin argumenta que el conocimiento sumerio del sistema solar, adquirido por completo sin ayuda de instrumentos, solamente pudo alcanzarse bajo el tutelaje de benefactores alienígenas.

Colonizadores del espacio exterior
Nibiru, según la interpretación de los textos de Sitchin, era fértil y poseía la “semilla de la vida” cuando escindió en dos partes a Tiamat y creó la Tierra. Algunos de esos elementos vitales se aposentaron en la Tierra, donde eones más tarde, produjeron una rica y variada gama de flora y fauna. En el propio Nibiru, billones de años después de la trágica colisión, el material portador de vida desarrolló una civilización de seres asombrosamente avanzados: los anunnaki.

Unos 450.000 años más tarde, o 124 años nibiruanos, es decir, el número de vueltas que este planeta da alrededor del sol, los anunnaki descubrieron que la continuación de su existencia se encontraba en peligro: la atmósfera de Nibiru se disipaba lentamente. Bajo la presión de salvar su mundo, según la lectura de Sitchin, los científicos del planeta trazaron un plan. Crearían un vasto escudo protector de partículas de oro que suspenderían sobre su menguante atmósfera.

Los anunnaki sabían dónde encontrar oro en abundancia. La exploración había revelado que la Tierra era el único planeta del sistema solar con ricas vetas del preciado metal. Sin perder tiempo, planearon una expedición.

Tuvieron que esperar hasta que la larguísima rotación de su órbita los llevara a una posición oportuna desde la que enviar un vuelo a la Tierra. Alcanzaron el planeta en la edad en que la segunda glaciación había cubierto de hielo una tercera parte de la superficie. Impertérritos, los colonizadores extraterrestres se encaminaron hacia una región que más tarde se conocería con el nombre de Mesopotamia. Parecía la base ideal: templada a pesar de la Era de la Glaciación, y bañada en abundancia por los ríos Tigris y Éufrates, era también rica en petróleo para gasolina. Más importante aún, Mesopotamia estaba cerca del golfo Pérsico, de cuyas aguas, planeaban extraer el oro que habían venido a buscar.

En esta tablilla algunos teóricos postulan la representación de un OVNILa primera nave espacial amerizó en el mar de Arabia, la extensión septentrional del océano Índico. Los astronautas se dirigieron a tierra y se encaminaron hacia el Norte. En aquellos tiempos, el extremo norte del golfo Pérsico era una ciénaga, y en esa zona pantanosa los anunnaki establecieron la primera ciudad de la Tierra, Eridu. El antiguo nombre sumerio significa literalmente “casa de construcción remota”. Se sucedieron más asentamientos, en un diseño que formaba un corredor visible para astronautas del espacio exterior. Los anunnaki mantuvieron la rotación de la lanzadera alrededor de nuestro planeta como intermediaria entre las naves de Nibiru y las colonias de la Tierra. Probablemente, también establecieron algún tipo de estación espacial en Marte.

Enki, padre de la humanidadEl líder del asentamiento, que en las viejas crónicas aparece como un dios llamado Enki, ostentó su poder en Eridu, pero su reinado sobre la Tierra fue breve. Fracasó en la misión de obtener suficiente oro de las aguas del golfo, y su padre, Anu, lo reemplazó por Enlil, su hermanastro. Sitchin atribuye a los anunnaki una longevidad proporcional a los largos años orbitales de su planeta. Así, 28.000 años (8 en Nibiru) después del primer aterrizaje, Enki se vio obligado a ceder su poder.

Sitchin cree que los zigurats mesopotámicos se utilizaban como observatorios y jalones de aterrizaje para las naves anunnakiEn aquel tiempo, el clima cálido fundió los grandes casquetes glaciares, y elevó el nivel de las aguas marinas e inundó las ciénagas de los primeros asentamientos anunnaki. Los colonos se desplazaron más al interior, hacia el centro de Mesopotamia, donde Enlil moraba en una colonia llamada Larsa, mientras se construía Nippur, su nueva capital.

Representación de un anunnaki en el interior de una 'cámara celeste' (cohete espacial), como la calificaron los sumeriosUnos 21.600 años terrestres -sólo seis para los seres de Nibiru- después de la construcción, Nippur se convirtió, en palabras de Sitchin, “en un sofisticado puesto de mando desde el que los anunnaki que se hallaban en la Tierra coordinaban viajes hacia y desde su planeta, guiaban los aterrizajes de sus naves y perfeccionaban sus despegues y bases con la nave espacial que orbitaba el planeta”.

Ilustración extraída de un lacre cilíndrico sumerio

En esta ilustración (arriba) extraída de un lacre cilíndrico sumerio, una nave espacial alada se hallaría suspendida entre un astronauta errante (izquierda) y un anunnaki en la Tierra. La estrella de seis puntas representa a Marte, los siete globos a la Tierra, por ser el séptimo planeta desde Nibiru. El semicírculo es la luna terrestre.

Primitivo disco que arrojaría información sobre viajes espacialesDado el fracaso en la recolección de oro en las aguas del golfo Pérsico, Enlil decidió buscar en tierra el metal precioso. Esta resolución estaba determinada a cambiar el curso de la vida en la Tierra en los eones que se sucederían.

Fabricación de humanos en laboratorio
La búsqueda de oro de Enlil terminó en una tierra exuberante y fértil alejada de Mesopotamia. Sitchin cree que este lugar era Sudáfrica. Afirma que los anunnaki navegaron hacia la actual Mozambique. En sus minas, los astronautas se agotaron con el penoso esfuerzo y las duras condiciones de trabajo. La situación se volvió tan insostenible que cuando Enlil acudió a visitar las excavaciones organizaron un exaltado motín, que los textos antiguos describen como la rebelión de los dioses.

“¡Cada uno de nosotros, los dioses, se declara en guerra!”, gritaron. “El exceso de trabajo nos está matando. Nuestro trabajo ha sido duro, y muchas las penalidades”. Enlil no se conmovió, pero su padre Anu y Enki, su hermanastro y rival, se pusieron del lado de los amotinados. Enki propuso que él y Ninharsag, diosa de la medicina, crearan un lulu u obrero primitivo que relevara a los dioses en su tarea.

El primer humano habría sido creado por el sistema de mezclar el material genético del hombre-mono con el del anunnakiCombinaron genes de aves, ganado, leones y otros animales de la Tierra con los de un ser que parecía algo por encima del resto: el hombre-mono u homínido. Los resultados fueron desastrosos. Finalmente crearon un lulu satisfactorio -el primer humano- por el sistema de mezclar el material genético del hombre-mono con el del anunnaki. Ninharsag, a partir de entonces llamada Ninti, o “señora que da la vida”, alzó al prototipo de criatura híbrida y exclamó: “¡Mis manos lo han creado!”.

Mujeres con sus hijos híbridos humanosEl lulu se parecía a los anunnaki. Al contrario que su precursor, el peludo hombre-mono, el híbrido, según un texto antiguo, “tenía la piel de un dios”. Los primeros humanos se fabricaron estériles y los anunnaki los producían en masa, para lo cual se valían de numerosas diosas de la maternidad que incubaban fetos simultáneamente.

Sitchin sostiene que el concepto de ingeniería genética alienígena resuelve un problema que se presenta en la teoría de la evolución: el eslabón perdido. Los antropólogos han trazado el desarrollo de los simios en monos humanizados, y estos en humanos simiescos. Pero cuando los científicos llegan al antecedente inmediato del homo sapiens, empiezan los problemas. En palabras de Sitchin, “el homo sapiens representa un salto tan extremado en el lento proceso evolutivo que muchas de nuestras características, como la facultad de hablar, quedan totalmente desconectadas de los primeros primates”.

La respuesta, afirma, está en la intervención extraterrestre. Si los anunnaki fueron capaces de establecer sofisticados asentamientos en un planeta que no era el suyo, también es posible que operaran en la alteración genética y dieran un paso de gigante en la evolución del hombre.

El escritor explica que el Libro del Génesis es simplemente una revisión de las antiguas crónicas sumerias. Según la Épica de la Creación, versión babilónica de un texto sumerio, los humanos se importaron a Mesopotamia, la tierra que muchos estudiosos asocian al bíblico Jardín del Edén. Allí, Enlil y Enki, enemigos acérrimos desde que el primero suplantó al segundo como gobernante anunnaki en la Tierra, lucharon entre sí para conseguir la supremacía.

Sello cilíndrico asirio, un grupo de héroes en frente del dios Enki, el final del tercer milenio antes de CristoEnki, creador parcial y largo tiempo aliado de los humanos, decidió frustrar el férreo control que ejercía sobre ellos. Como la serpiente de la Biblia, los persuadió para que probaran una fruta prohibida: les otorgó la facultad de procrear. Al igual que Adán y Eva tomaron conciencia de su desnudez, los humanos descubrieron en el don de la reproducción el poder para regir su propio destino. Enlil montó en cólera, y temeroso de que los humanos descubrieran también el secreto de la inmortalidad, los expulsó del Edén para que se valieran por ellos mismos.

Desterrados, estos continuaron reproduciéndose y en ocasiones se emparentaron con los dioses, según la traducción que Sitchin hace del original hebreo del Libro del Génesis. “Y ocurrió, cuando los terrestres comenzaron a incrementar su número… y las hijas nacieron, que los hijos de las divinidades escogieron entre ellas a sus esposas”. Enlil se opuso con determinación a tal mestizaje y maquinó un plan para librar de humanos al planeta.

EnlilLos anunnaki sabían que se avecinaba un desastre natural. Nibiru pronto pasaría cerca de la Tierra en su larga órbita alrededor del Sol y sospechaban que su atracción gravitacional desestabilizaría los estratos de hielo de la Antártida y provocaría su desprendimiento en los océanos, lo cual inundaría el planeta y ahogaría todo rastro de vida. Como el momento fatídico se aproximaba, los alienígenas, bajo la dirección de Enlil, se refugiaron en los transportadores espaciales que giraban alrededor de la Tierra, sin avisar a los terrestres.

Tablilla que contiene la porción sobre el diluvio de la Epopeya de GilgameshSin embargo, poco sabían de las intenciones de Enki, paladín de la humanidad, que había delatado sus malvados planes al advertir a un hombre sabio, llamado Utnapishtim en un texto acadio, de la proximidad del desastre. En respuesta, el humano, que Sitchin identifica con el bíblico Noé, construyó un gran barco y cargó en él plantas y animales de todas las variedades. De este modo, la humanidad sobrevivió al Diluvio.

Cuando las aguas retrocedieron, los dioses regresaron a la Tierra y se sorprendieron al encontrar a Noé en el monte de Ararat. Al principio, Enlil se sintió ultrajado pero finalmente se alegró de su supervivencia y comprendió la importancia que tendrían en la inconmensurable tarea de reconstruir lo que se presentaba ante ellos. Los anunnaki prometieron no volver a perjudicar a su progenie en lo sucesivo. Y la humanidad, liberada de sus cadenas, compartió a partir de entonces su poder sobre la Tierra. Los dioses comenzaron a proporcionar conocimiento y organización social rudimentaria a los terrestres y finalmente les otorgaron, en Sumeria, el gran don y responsabilidad de una civilización avanzada propia.

Enviado por el 26 febrero, 2014. Temática Ufología. Si así lo desea puede comentar o seguir cualquier opinión respecto al artículo a través de RSS 2.0. O dejar un trackback.
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